lunes 24 de mayo de 2010

He mascado gritos en el silencio pasajero de un pasillo inhabitado por fantasmas. Cierro los ojos. Estoy casi muerta y medio viva. La cabeza fría, el corazón inerte. Anoche me preocupé, el cielo se remeció y la tierra gritaba en un lenguaje insospechado. Recé, gritaba sopores negros: melancolía. Me lo imaginé paso a paso, minuto a minuto, encerrado con los demás presos en esa cárcel, celda, hospital psiquiátrico, hostal, hotel cinco estrellas ¿qué sé yo?

Despertó de súbito, los demás presos quedaron inmóviles. Se miraron como si el mundo se fuera a absorber y una plegaria de perdón o una sentencia de muerte no eran suficientes para detener eso. El hombre humilde recordó que faltaba una persona, no estaba en el patio de la cárcel. Era un ex alcohólico, ex drogadicto, ex mitómano que permanecía en la habitación de la cárcel. El hombre humilde corrió por los pasillos oscuros y algo sucios del lugar que no recibía apoyo fiscal, vivían de la limosna. Dobló por la pequeña salita, botó algunas sillas y cruzó el umbral de la habitación, odiosamente, hedionda. Ahí estaba: paralizado, con los ojos desorbitados, en el clímax de la epilepsia.

1 Diarrea(s) Mental(es):

Catalina dijo...

muy bueno tu escrito.
saludos :)

Sonido Sordo